Tengo muchas ganas de besar a alguien, pero no a cualquiera, no a alguien a quien yo pueda besar cuando yo quiero, no a alguien que corresponderá a mis besos y que no dudará en acariciarme la espalda, recostar sus brazos sobre mi hombro y meter en mi boca su lengua.
Tengo ganas de besar a alguien que me pueda responder con un golpe a la cara, alguien que sienta miedo de besarme, esa deliciosa inseguridad, ese no saber si abrir más los labios o apartarse, ese temor y sorpesa al sentir cómo mi lengua busca su lengua dentro de su boca.
Tengo ganas de sentir cómo alguien siente nervios y sus manos están tensas, hasta que las agarro entre mis manos y le hago sentir la suavidad de mi trato, y que dude en soltar sus manos de las mias o en agarrarlas más fuerte.
Y que luego se desate, que luego sienta que mi cuerpo es su terreno y se desate como una fiera que ha estado presa y me abrace fuerte, que meta sus manos por todas partes tratando de asimilar que está conmigo, que me bese con mucha pasión y desenfrendo haciendome ver que tenía ganas de eso y que he logrado abrir su caja de pandora.
Alguien que aún arquee la espalda al sentir que mis manos recorran su cuerpo, alguien que por momentos se resista, y que intente, inutilmente de reincorporarse y no ceder, aunque a los treinta segundos se de cuenta que de mí no podrá escapar y finalmente ceda.
La adrenalina de lo que no se debe hacer, pero que se disfruta. Y vaya si se disfruta. Algo que al recordarlo más adelante le haga sentir culpa, y a mí me provoque las risitas a solas.